En la cartelera cultural de Madrid, los escenarios de Teatros Luchana acogen esta primavera una propuesta escénica que combina ternura, imaginación y valores universales. Se trata de ¿A qué sabe la luna?, una adaptación teatral del popular cuento infantil que podrá disfrutarse del 1 de marzo al 28 de junio de 2026.
La obra parte de una pregunta tan sencilla como profundamente evocadora: ¿a qué sabrá la luna? A lo largo de generaciones, esta incógnita ha despertado la curiosidad de pequeños y mayores, y en esta historia se convierte en el motor de una aventura colectiva protagonizada por animales que comparten un mismo anhelo. Desde sus respectivos rincones, observan cada noche el cielo con fascinación, preguntándose si ese misterioso satélite tendrá un sabor dulce o salado.
El relato se construye a partir de una sucesión de intentos fallidos, cargados de humor y delicadeza. Uno a uno, los animales estiran sus cuerpos en un esfuerzo casi imposible por alcanzar la luna: alargan el cuello, se ponen de puntillas, saltan… pero nunca es suficiente. Es entonces cuando surge la clave del cuento —y de la propuesta escénica—: la cooperación.
La tortuga, símbolo de paciencia y sabiduría, propone una solución ingeniosa que transforma la frustración en esperanza. Invitando al elefante a subirse sobre su caparazón, da inicio a una cadena de colaboración que irá creciendo con la participación de la jirafa, la cebra, el león, el zorro, el mono y, finalmente, el ratón. Así, sobre el escenario, se levanta una suerte de torre animal que encarna visualmente el esfuerzo compartido.
Más allá de su aparente sencillez, la obra ofrece una lectura rica en matices. A través de una narrativa accesible para el público infantil, se abordan temas como la solidaridad, el trabajo en equipo y la perseverancia frente a lo inalcanzable. La luna, convertida en metáfora del deseo, deja de ser un objeto lejano para convertirse en un objetivo posible cuando se afronta en comunidad.
La puesta en escena enriquece el relato con elementos visuales y rítmicos que capturan la atención de los más pequeños: escenografías sugerentes, iluminación envolvente y una interpretación física que da vida a cada animal con identidad propia. Todo ello contribuye a que la experiencia trascienda la narración y se convierta en un pequeño viaje sensorial.
La pregunta permanece en el aire hasta el final: ¿lograrán alcanzar la luna? La respuesta, más que en el desenlace, reside en el camino recorrido juntos. Una invitación, en definitiva, a mirar hacia arriba —y hacia los demás— con la misma mezcla de curiosidad y asombro.
