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Raquel Rivera, la gestora que acerca la ópera a las nuevas generaciones desde el Real Teatro de Retiro

5 de mayo de 2026

La trayectoria de Raquel Rivera Rodríguez (Ourense, 1976) es la historia de una vocación cultivada desde la infancia y transformada, con el tiempo, en un proyecto cultural de amplio alcance social. Hoy, al frente del Real Teatro de Retiro —un espacio impulsado por el Teatro Real en colaboración con el Ayuntamiento de Madrid y orientado al público infantil, juvenil y familiar—, esta violinista y gestora cultural articula una programación que busca sembrar el interés por las artes escénicas desde edades tempranas.

“Si tienes el terreno abonado, vas encontrando tu camino”, afirma Rivera, sintetizando un recorrido profesional marcado por la constancia y la curiosidad. En su caso, ese “terreno” fue una familia profundamente vinculada a la música. Nieta de la pianista Mariluz Rodríguez, formada con el reconocido maestro José Cubiles, y hermana de la también pianista Maribel Rivera Rodríguez, creció en un entorno donde convivían sin jerarquías artistas tan dispares como David Bowie o Gustav Mahler. Esa exposición temprana a lenguajes diversos moldeó una sensibilidad artística abierta y permeable.

Su formación comenzó en el Conservatorio de Ourense, en una etapa especialmente estimulante para la música gallega gracias al impulso de la Orquesta Sinfónica de Galicia. Con apenas 17 años se trasladó a Madrid para continuar sus estudios de violín, que culminaría posteriormente en Sevilla. Sin embargo, ya entonces intuía que su desarrollo profesional no se limitaría a la interpretación: el interés por el Derecho, latente desde joven, acabaría desempeñando un papel decisivo en su carrera.

Uno de los momentos clave de su biografía fue su estancia en la Real Academia de España en Roma entre 2002 y 2004. Aquellos dos años supusieron una inmersión creativa y vital que, según recuerda, transformó su forma de entender el arte. El regreso a España no fue sencillo: “Fue como pasar del verso a la prosa”, confiesa, describiendo una especie de “síndrome de Stendhal inverso” tras abandonar una ciudad donde la belleza forma parte de lo cotidiano.

A su vuelta, inició su trayectoria profesional como violinista de refuerzo en la Orquesta Nacional de España, aunque pronto evidenció una inquietud que iba más allá del escenario. Tras una breve etapa como docente en Santiago de Compostela, participó en una iniciativa artística por la paz que la llevó a recorrer distintos países hasta actuar en Jerusalén y Palestina. Poco después, su vida dio un nuevo giro con su traslado a Berlín, donde residió varios años.

En la capital alemana no solo aprendió el idioma desde cero, sino que desarrolló una intensa actividad cultural: fundó el Festival de Artes Sonoras Hispano-Alemanas (Fase) y ejerció como profesora en la Musikschule Reinickendorf. Fue una etapa de crecimiento personal y profesional marcada por la experimentación y la búsqueda constante de nuevas formas de expresión. “Nunca sentí que había llegado a puerto”, resume.

De regreso a Madrid y ya madre de tres hijas, Rivera decidió reorientar su perfil profesional. Aprovechando sus periodos de maternidad, se especializó en Derecho de la Cultura en la Universidad Carlos III, convencida de que el conocimiento jurídico es clave para gestionar con rigor el ámbito artístico. “El derecho de la cultura me cambió la vida”, asegura. Esta formación le permitió incorporarse al despacho de Patricia Gabeiras, donde impulsó iniciativas como “El Aula”, un espacio de encuentro entre administraciones, juristas y académicos del sector cultural.

Su consolidación como gestora llegó con la dirección gerencial de la Fundación Orquesta y Coro de la Comunidad de Madrid (Orcam), una etapa en la que adquirió experiencia en liderazgo institucional y gestión de equipos. Paralelamente, nunca abandonó su faceta como intérprete, participando en giras de música de cámara y actuaciones como solista, en ocasiones junto a su hermana.

En 2023, el Teatro Real confió en ella para dirigir el Real Teatro de Retiro, ubicado en el rehabilitado Centro Cultural Daoíz y Velarde, un edificio histórico reconvertido en espacio escénico contemporáneo. El encargo suponía un reto claro: formar nuevos públicos y democratizar el acceso a la ópera. Rivera lo asumió desde una perspectiva de servicio público: “Aquí no se viene a pasarlo bien, se viene a trabajar”, afirma con determinación.

Desde entonces, ha impulsado una programación que combina ambición artística y vocación pedagógica. Iniciativas como el ciclo Real Júnior integran disciplinas como la danza, la lírica o el cine mudo con música en directo, ofreciendo propuestas adaptadas a distintos públicos. A ello se suma “Te Suena”, un programa de mediación dirigido por el pedagogo Fernando Palacios que prepara a los espectadores antes de cada función, facilitando su comprensión y disfrute.

Consciente de la diversidad de públicos, Rivera también ha promovido formatos innovadores como “Mini Clásica”, pensado para bebés y familias en un entorno accesible y cercano, o “Real en Pantalla”, que permite disfrutar de producciones del Teatro Real a precios asequibles, acompañadas de coloquios que enriquecen la experiencia.

Al frente de un equipo de unas 30 personas, Raquel Rivera encara esta etapa como el inicio de un proyecto a largo plazo, centrado en la educación, la inclusión y la sostenibilidad cultural. Su objetivo es claro: construir una relación duradera entre la ciudadanía y las artes escénicas. En ese camino convergen todas sus facetas —intérprete, jurista y gestora—, articuladas por una convicción firme: la cultura no solo transforma vidas, también las conecta.

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